Que ilusión da saber de la bonanza económica del país. Ya no me sorprenden los cochazos que te adelantan cuando vas por la mañanita a trabajar; mira Pedrito -dice mi compañero Roberto- un Mercedes AMG, eso son veinte "kilos”, mira, un “M5”, veinticinco... Yo me preguntaba de dónde se podía sacar tanto dinero y la respuesta me ha venido servida en bandeja. Pintar una casa -de las normalitas- cuesta unas doscientas mil pesetas y yo he calculado que se puede tardar una semana como mucho, como de carpintería, cañerías y demás artes no hemos tenido -de momento- la necesidad de saber, pues no os puedo contar, lo que sí que se es que no es nada del otro mundo hacer de pintor y que los materiales te pueden costar unos sesenta euros. Ya veremos si no cambio de trabajo.
martes, 14 de agosto de 2007
La cisterna de la medusa.
Cerca de Santa Sofía se encuentra esta cisterna que tiene su razón de ser en el S VI cuando una de la preocupaciones en la ciudad era la de ser asediados y morir. Se construyeron varias y esta era la que se destinaba a abastecer al palacio. Argumentos históricos a parte, su encanto reside en que no hay casi luz y tiene un color muy bonito. En un par de sus columnas se podía ver como basamento un par de esculturas de Medusa, una de ellas sonriendo -cosa de lo más extraño, por lo que nos dijeron- e iluminadas en verde. Es un sitio de lo más especial donde tomar un café.
martes, 31 de julio de 2007
Mezquitas.
Sin duda una de las cosas más significativas de un viaje es la religión mayoritaria del país que se visita. Recuerdo que en Finlandia había dos catedrales, una cristiana - que no nos llamó la atención por no significar nada nuevo para nosotros- y una luterana -la más curiosa- En Turquía la novedad eran las mezquitas y ,sobre todo, las llamadas a la oración. En ese momento los locales bajaban el volumen de la música y se podían oír en toda la ciudad. Como no tengo grandes -ni pequeños tampoco- conocimientos del Islam, he puesto un enlace en el que se explican algunas cosas. Las fotos si que son de mi cosecha.










Vida de vacaciones.
Tras haber asumido que las maletas no iban a estar con nosotros -al menos durante el viaje- nos decidimos a regatear en el Gran Bazar. La cosa es bastante fácil, los vendedores -hay miles- hablan cualquier lengua del planeta y basta con decir que algo no te interesa para que se ofusquen y te lo ofrezcan repetidas veces bajando el precio de una manera considerable. Si al final te interesa el artículo pones cara de estreñido y pagas al tipo como si le hicieses un favor, a continuación te vas con la sensación de haber timado a un vendedor que seguramente te habrá tomado el pelo. En este lugar -el Gran Bazar- puedes comprar de todo, yo me decanté por calzonzillos, calcetines y alguna camiseta -todo de lo más falso- que supuse que bastaría para pasar una semana en terreno extranjero. La verdad es que creo que acerté, no se necesita mucho para subsistir en tierras infieles. De esta manera pasaron los días hasta nuestro regreso.


martes, 24 de julio de 2007
La sorpresa
Tras un viaje en avión bastante tranquilo y corto -unas tres horas y media- el fatigado viajero aterriza en Estambul, frontera entre Asia y Europa, cuna de civilizaciones y manantial de paz. Lo malo es la cara que se te queda al ver que no tienes maletas con las que disfrutar de todos los atributos antes descritos. Como Inma se fue al servicio se perdió el suceso y fui yo el encargado de comunicarle la buena nueva. Ella no se lo creía -normal por otra parte, con la cantidad de sandeces que le cuento a la hora- y tras reclamar en Español, Inglés y Sánscrito -y no en este orden- nos fuimos a nuestro hotelito de cuatro estrellas -en la escala de estrellas estambulíes, que son iguales en número pero bastante más cutres en calidad- donde procedimos a organizar nuestra vida de ascetas/ turistas. Pensamos que no era para tanto, ya que la chica que nos atendió en el sufrimiento nos aseguró que al día siguiente las maletas vendrían en un avión y que nos las llevarían al hotel de cuatro estrellas -categoría Estambul-. Pero no, ni maletas, ni avión ni ropa para cambiarnos, las maletas habían desaparecido como Roldán en sus buenos tiempos y nadie -ni el gran buscador global al que llamamos con devoción- nos supieron decir que iba a ser de ellas.
Facturando
El arranque del viaje no tiene nada de especial, es como cualquier otro de los cienes y cienes que hay cada día. Por desgracia fue eso, como cualquier otro en todos los aspectos, maletas perdidas incluido, por difícil que parezca se pueden perder veinte maletas de un mismo vuelo que no realiza escalas ni nada por el estilo. Yo pensaba que el asunto era fácil; te ponen unas etiquetas en las que dicen al personal de tierra a que avión hay que subirlas, luego se suben al susodicho avión y se recogen cuando este aterrice... Pues no, al aterrizar hay varias maletas que nadie sabe muy bien a donde han ido a parar. Yo creo que las nuestras estuvieron con los calcetines que se tragan las lavadoras, pero es sólo una sensación.
Las vacaciones del señor ¿Hulot?...
... no, del señor Pedro y de la señorita Inma. Por la cantidad de imágenes recogidas -a pesar de no tener cargador para la cámara, ya veréis por que- he pensado que la mejor manera de ir contando el viaje que hemos hecho es por entregas. Como si de una retransmisión televisiva en diferido se tratara iré colgando algunos posts sobre la aventura más grande jamás contada en “La Guarida del Androide”. Espero que os guste.
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